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Jarl fue un joven guerrero salvaje.

Apariencia y Carácter

Jarl es descrito como un joven de unos veinte años, oscuro y feroz.[1] Desde muy joven y durante ocho años fue un explorador. Jarl participó en numerosas expediciones al sur del Muro, bajo el mando de Alfyn Matacuervos o el Llorón. Ahora está al frente de su propia banda, que cuenta con una veintena de hombres, incluyendo a Grigg el Cabra y Errok.[2]

Eventos Recientes

Tormenta de Espadas

Jon Nieve ingresa como prisionero a la tienda de Mance Rayder, en el campamento salvaje del Agualechosa. Allí Jarl y Val, la hermana de Dalla, compartían un cuerno de aguamiel. Mance lo presenta a Jarl como la nueva mascota de Val, lo cual lo convertía en una especie de concuñado de Mance. Esto enfurece a Jarl, respondiéndole que él no es la mascota de nadie. Jarl integra la corte de confianza del Rey-Más-Allá-del-Muro.[3]

Durante la marcha del ejercito salvaje al muro, Jarl y su pequeño grupo de sirven como exploradores, forrajeadores y arreadores, y se pasan el día recorriendo la columna de arriba abajo para que avance de manera más o menos ordenada.[4]

Cuando el ejército de salvajes llega al Puño de los Primeros Hombres, descubre los restos de la batalla. Mance interroga a Jon Nieve y descubre que fue el propio Lord Comandante Jeor Mormont quien comandó la Gran Exploración, dejando al mando del Castillo Negro a Bowen Marsh. Mance ordenó a Jarl y a Styr el Magnar dirigir un pequeño grupo de guerreros y cruzar el Muro para atacar a los defensores de la fortaleza desde el sur donde hay menos defensas. Jon e Ygritte son enviados con ellos. Jarl, les dice que partirán al amanecer y deben cargar con todas las provisiones que puedan, ya que no tendran tiempo de cazar. Al día siguiente habían partido al Muro a caballo con Styr, Jarl y más de un centenar de thenitas y jinetes escogidos. Jarl vigilaba a Jon con desconfianza.[5]

Al llegar al pie del Muro, en algún lugar entre Puertapiedra y Guardiagrís, Jarl inicia la escalada. Se decía que el Muro tenía más de doscientos metros de altura, pero Jarl había localizado un punto donde era a la vez más alto y más bajo. El hielo se alzaba ante ellos abrupto entre los árboles como un acantilado inmenso, coronado de almenas talladas por el viento hasta una altura de al menos doscientos cincuenta metros, en algunos puntos llegaba hasta los trescientos. Pero al acercarse más, Jon se dio cuenta de que no era así en realidad. Siempre que le fue posible, Brandon el Constructor puso los enormes bloques de los cimientos en puntos altos, y en aquella zona las colinas se alzaban escarpadas e indómitas. El hielo se extendía hasta cubrir una gran colina empinada, después bajaba hasta un valle, subía al borde cortante de una larga serie de crestas de granito de cinco kilómetros o más, corría a lo largo de una cima irregular, volvía a zambullirse en un valle aún más profundo y luego ascendía más y más, saltando de colina en colina, y se perdía en el occidente montañoso hasta donde abarcaba la vista. Jarl había optado por escalar la zona de hielo a lo largo del risco. Allí, aunque la cima del Muro se alzaba a doscientos cincuenta metros sobre el suelo, más de un tercio de su altura era de tierra y piedra en vez de hielo. La ladera era demasiado empinada para los caballos, casi tan difícil como el Puño de los Primeros Hombres, pero el ascenso sería infinitamente más sencillo que por la cara vertical del Muro en sí. Además, el espeso bosque del risco les ofrecía un escondite perfecto.

Jon advirtió que el Muro no impresionaba a los exploradores de Jarl, ya que no era la primera vez que hacían eso; todos lo habían saltado ya. Jarl fue gritando algunos nombres a medida que desmontaban bajo el risco, y once de ellos se reunieron a su alrededor. Todos eran jóvenes. El mayor no tendría más allá de veinticinco años, y al menos dos no eran ni de la edad de Jon. Pero todos eran delgados, aunque fuertes. Los salvajes se prepararon a la sombra del propio Muro; se enrollaron en torno a un hombro y al pecho gruesos rollos de soga de cáñamo y se anudaron unas extrañas botas de napa fina y flexible. Las botas tenían púas que sobresalían de la puntera; las de Jarl y las de otros dos eran de hierro; las de unos cuantos, de bronce; y la mayoría, de hueso puntiagudo. Cada uno se colgó de un costado un martillo con cabeza de piedra, y del otro, una bolsa con estacas. Sus picoletas eran astas con las puntas afiladas atadas con tiras de cuero a mangos de madera. Los once escaladores se dividieron en tres grupos de cuatro; el propio Jarl sería el duodécimo hombre. Jarl les hablo a sus hombres antes de comenzar a escalar, mientras el aliento se le condensaba en nubes de vapor en el aire gélido.

“Mance ha prometido espadas para todos los del primer equipo que llegue a la cima. Espadas sureñas, de acero forjado en castillo. Además se mencionará su nombre en una canción que va a componer. ¿Qué más puede pedir un hombre libre? ¡Arriba, y que los Otros se lleven al último!”

El primero de los escaladores que salía por encima de las copas de los árboles era Jarl. Había encontrado un árbol centinela inclinado contra el Muro e indicó a sus hombres que aprovecharan el tronco para adelantarse a los demás. Jon penso que los hermanos de la Guardia de la Noche no tendrían que haber permitido que el bosque se acercara tanto. Ya habían subido cien metros y ni siquiera habían tocado el hielo. Jarl pasaba con cuidado del árbol al Muro, hacía asideros en el hielo con golpes secos de la piqueta antes de aferrarse a la pared. La cuerda que llevaba en torno a la cintura lo unía al segundo hombre, que aún estaba trepando por el árbol. Paso a paso, muy despacio, Jarl fue ascendiendo; abría puntos de apoyo con las púas de las botas siempre que no encontraba alguno natural. Cuando estaba ya a tres metros por encima del centinela se detuvo en una angosta cornisa helada, se colgó el hacha del cinturón, sacó el martillo y clavó una estaca de hierro en una grieta. El segundo hombre saltó al Muro tras él mientras el tercero subía a lo más alto del árbol. Los otros dos equipos no habían encontrado árboles tan convenientes, y los thenitas pronto empezaron a preguntarse si no se habrían perdido mientras escalaban por el risco. El grupo de Jarl ya estaba al completo en el Muro y a veinticinco metros de altura cuando aparecieron los primeros escaladores de los otros grupos. Entre cada equipo había al menos veinte metros de distancia. Los cuatro de Jarl iban en el centro. A su derecha estaba el equipo encabezado por Grigg el Cabra, y a su izquierda el jefe de los escaladores era Errok.

El sol ascendió por el cielo y los salvajesbascendieron por el Muro. Los cuatro de Jarl fueron por delante hasta el mediodía, cuando llegaron a una zona de hielo en malas condiciones. Jarl había enrollado la cuerda en torno a un saliente tallado por el hielo y había descargado todo su peso sobre él cuando, de repente, se rompió, se desmoronó y cayó, y él también. Pedazos de hielo grandes como la cabeza de un hombre cayeron sobre los tres que lo seguían, pero se agarraron a sus asideros, las estacas aguantaron y la caída de Jarl se detuvo bruscamente al final de la cuerda.

Jarl no tardó en tener en marcha de nuevo a sus hombres. Sus cuatro y los de Grigg avanzaban casi a la misma altura, seguidos por los de Errok a unos quince metros de distancia. Las piquetas de asta de ciervo tallaban asideros y excavaban puntos de apoyo para los pies mientras descargaban sobre los árboles cascadas de esquirlas brillantes. Los martillos de piedra clavaban en el hielo las estacas que servían de anclaje para las sogas; el hierro se acabó antes de llegar a la mitad del Muro, a partir de allí los escaladores utilizaron otras de cuerno o de hueso afilado. Y los hombres daban patadas e incrustaban las púas de las botas en el hielo inquebrantable una vez, y otra, y otra, y otra, todo con tal de preparar un punto de apoyo.

Jon pensó que deberían tener las piernas entumecidas cuando llevaban ya cuatro horas y no sabía cuánto tiempo más iban a poder seguir. Cuando ya llevaban seis horas, Jarl iba otra vez por delante del grupo de Grigg el Cabra y la ventaja se iba incrementando. El Magnar mirando con la mano sobre los ojos para protegerse de la luz le dice a Jon que la mascota de Mance tiene muchas ganas de conseguir una espada.

El sol estaba en lo más alto del cielo y, visto desde abajo, el tercio superior del Muro era de un azul cristalino, con reflejos tan brillantes que los ojos dolían al mirarlo. Los cuatro de Jarl y los de Grigg casi no se veían en medio del resplandor, aunque el equipo de Errok seguía aún en las sombras. En vez de ascender estaban desplazándose de lado a unos ciento cincuenta metros de altura, hacia un saliente vertical. Jon los estaba observando moverse palmo a palmo cuando oyó el ruido: un crujido repentino que pareció retumbar a lo largo del hielo, seguido de un grito de alarma. Y al instante el aire se llenó de trozos de hielo, gritos y hombres que caían, cuando una plancha de hielo de medio metro de grosor y cinco metros cuadrados se desprendió del Muro y cayó dando tumbos, arrastrándolo todo a su paso. Algunos trozos llegaron rodando entre los árboles incluso a donde estaban ellos, al pie del risco. Cuando volvieron a alzar la vista, el equipo de Jarl había desaparecido. Ni rastro de los hombres, las sogas ni las estacas; por encima de los doscientos metros no quedaba nada. En el Muro, allí donde los escaladores habían estado aferrados hacía un instante, había una herida, el hielo de debajo era tan liso como el mármol pulimentado y resplandecía a la luz del sol. Mucho, mucho más abajo se veía una tenue mancha roja allí donde alguien había chocado contra un saliente de hielo.

Cuando encontraron a Jarl estaba en un árbol, empalado en una rama rota, todavía atado con la cuerda a los tres hombres que yacían bajo él. El Magnar dio unas cuantas órdenes y sus hombres empezaron a juntar leña para hacer una pira. Los muertos ya estaban ardiendo cuando Grigg el Cabra llegó a la cima del Muro. Cuando se les unieron los cuatro de Errok, del equipo de Jarl sólo quedaban huesos y cenizas.[6]

Referencias

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