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Sothoryos

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Mapa Sothoryos.png

Sothoryos en el mapa del mundo conocido

Sothoryos es uno de los cuatro continentes del mundo conocido.

Geografía

Sothoryos se encuentra al este de Poniente y las Islas del Verano y al sur de Essos, al otro lado del Mar del Verano. Es un continente grande, similar en tamaño a África, cubierto de junglas, azotado por pestes y en gran parte inexplorado. El gran río Zamoyos nace en el interior del continente, el llamado Infierno verde, una enorme sucesión aparentemente infinita de junglas horribles y sofocantes.

La costa norte se ha cartografiado, encontrándose las ciudades en ruinas de Zamettar, Yeen y Gorosh.

Frente a la costa norte se encuentra el archipiélago de las Islas Basilisco. Naath también se encuentran cerca de la costa del continente.[1][2]

Los únicos accidentes geográficos conocidos del continente son Punta del Basilisco y Punta Guiverno.[3]

Historia

Los orígenes de la ciudad en ruinas de Yeen, en el interior del continente, son un enigma que hasta ahora nadie ha sido capaz de resolver. Se dice que la ciudad es más antigua que el tiempo. Fue construida con grandes bloques de piedra negra aceitosa, tan pesados que serían necesarios una docena de elefantes para moverlos. Aunque las ruinas llevan miles de años abandonadas, la selva no se ha acercado a ella. Cada intento de reconstruir o repoblar Yeen ha acabado en horror.

Durante el Antiguo Imperio los ghiscarios establecieron puestos avanzados en las orillas septentrionales. Levantaron la ciudad amurallada de Zamettar en la desembocadura del río Zamoyos y construyeron la lúgubre colonia penal de Gorosh en Punta Guiverno. Los codiciosos exploradores qarthienses buscaron oro, gemas y marfil en las costas orientales de Sothoryos; los estiveños, en el oeste. El Feudo Franco de Valyria estableció colonias en Punta Basilisco en tres ocasiones: la primera fue destruida por los hombres pintos, la segunda se perdió por la peste, y la tercera se abandonó cuando los señores dragón tomaron Zamettar en la Cuarta Guerra Ghiscaria.

Aún así, no se conoce casi nada sobre Sothoryos. El interior del continente sigue siendo un misterio, una selva impenetrable salpicada de antiguos ciudades en ruinas y llenas de fantasmas a orillas de ríos mansos. A unas pocas jornadas en barco al sur de Punta Basilisco, no se conoce siquiera la forma de la costa. Es probable que los estiveños de las Islas del Verano las hayan explorado y cartografiado, pero guardan con celo sus cartas náuticas.

Las colonias fundadas allí a lo largo de los siglos no tardan mucho en marchitar; solo Zamettar perduró más de una generación, e incluso esta, otra importante, lleva siglos abandonada y es ya tan solo un puñado de ruinas engullidas por la selva. A lo largo de los siglos han llegado a la costa esclavistas, comerciantes y aventureros, pero solo los más intrépidos se han aventurado más allá de las guarniciones costeras y los enclaves comerciales para explorar el interior del continente. De los que osan adentrarse en la selva, los que vuelven son los menos.

Ni siquiera se conoce el tamaño de Sothoryos. Los mapas qarthienses lo representaban como una isla del tamaño de Gran Moraq, pero sus barcos mercantes nunca encontraron el final de sus costas. Los ghiscarios que fundaron Zamettar y Gorosh creían que Sothoryos era tan grande como Poniente. Jaenara Belaerys, a lomos de su dragón Terrax, voló más al sur de lo que nadie ha llegado nunca, en busca de los mares hirvientes y los mares humeantes de la leyenda, pero solo halló una sucesión interminable de selvas, desiertos y montañas. Regresó al Feudo Franco al cabo de tres años y declaró que Sothoryos era tan grande como Essos, "una tierra sin fin".

Después de ser atacados por los reyes corsarios de las Islas Basilisco y rechazar su oferta de asentarse en la Isla de los Sapos a cambio de un tributo anual en forma de esclavos y esclavas jóvenes, la princesa Nymeria y su gente buscaron refugio en Sothoryos. Algunos se asentaron en Punta Basilisco, otros en las costas de aguas verdes del Zamoyos, y otros fueron río arriba hasta las ruinas de Yeen. La princesa Nymeria permaneció con sus barcos en Zamettar, abandonada mil años atrás.

Muchas riquezas había en Sothoryos pero los rhoynar no se quedaron allí; el clima no era de su agrado y los mosquitos les llevaban enfermedad tras enfermedad; los niños y ancianos eran especialmente susceptibles. Los rhoynar llevaban un año de asentamiento en Sothoryos hasta que, un día, un barco de Zamettar navegó hasta Yeen para encontrar que cada hombre, mujer y niño de las ruinas de la ciudad había desaparecido durante la noche. Al día siguiente, Nymeria decidió abandonar el continente.[4].

Yezzan zo Qaggaz contrajo cierta enfermedad en Sothoryos hace diez años y ha estado muriendo lentamente desde entonces.

Población

Dados los grandes peligros del continente, no es de extrañar que Sothoryos esté poco poblado en comparación con Essos o Poniente. Una veintena de puestos comerciales salpican la costa septentrional: ciudades de barro y sangre; humedales miserables a los que acuden en busca de fortuna aventureros, truhanes, prostitutas y exiliados de las ciudades libres y los Siete Reinos. Desde estos lugares, algunos pocos se aventuran hacia el interior de las selvas, pantanos y ríos turbios abrasados por el sol del interior del territorio, aunque por cada hombre que encuentra oro, perlas o especias preciadas, un centenar halla la muerte. Los corsarios de las cercanas Islas Basilisco suelen hacer redadas en estos asentamientos para tomar esclavos que llevan a sus jaulas en Garra y la Isla de las Lágrimas, y los venden en los mercados de carne de la Bahía de los Esclavos o en las casas de almohadas y los jardines de placer de Lys.[5].

Los índigenas sothoríes son descritos como corpulentos y musculosos, de brazos largos, frente prominente, pelo negro e hirsuto, dientes cuadrados y grandes y mandíbula firme; su nariz chata y ancha que recuerda a un hocico, y su piel gruesa con motas blancas y marrones, características más propias de cerdos que de humanos, son lo que hace que sean conocidos llamados hombres pintos. Las mujeres sothoríes solo son fértiles con varones de su raza; cuando se aparean con hombres extranjeros alumbran a fetos muertos, muchos de ellos deformes.

Los sothoríes que viven en la costa han aprendido a hablar la lengua del comercio. Los ghiscarios los consideran torpes para servir como esclavos, pero bravos luchadores, por lo que los usan como gladiadores en los reñideros.[6] Más al sur desaparece cualquier pequeño vestigio de civilización y los hombres pintos se vuelven aún más bárbaros y salvajes. Estos sothoríes adoran a dioses oscuros en ritos obscenos. Muchos de ellos son caníbales; cuando no pueden alimentarse de enemigos y forasteros, se comen a sus propios muertos.

Se cree que antaño hubo otras razas que poblaron el continente, pueblos olvidados a lo que los hombres pintos destruyeron, devoraron o ahuyentaron. Circulan historias sobre hombres lagarto, ciudades perdidas y cavernarios sin ojos, pero no hay pruebas de su existencia.[7]

Peligros

Además del peligro que suponen los salvajes hombres pintos del interior, Sothoryos es el hogar de multitud de enfermedades únicas tales como las pústulas de sangre, dulcedumbre, fiebre verde, testa broncínea, muerte roja, psoriagrís, diarrea, hueso agusanado, plaga del marino, ojo purulento y encías amarillas, algunas tan virulentas que asolan asentamientos enteros. Según el archimaestre Ebrose, nueve de cada diez ponientis que visitan Sothoryos sufren al menos una de estas enfermedades y la mitad acaba falleciendo.[8]

Y las enfermedades no son el único peligro al que se enfrentan los exploradores. Toda clase de criaturas monstruosas moran en las profundidades del interior. Bajo las aguas del río Zamoyos hay cocodrilos enormes que vuelcan barcos enteros y devoran a sus tripulantes. Otros ríos están infestados de bancos de peces carnívoros, capaces de arrancar la carne de una persona en menos de lo que canta un gallo. Hay mosquitos, serpientes venenosas, avispas y lombrices que ponen huevos en la piel de cerdos, caballos y hombres. En Punta Basilisco hay basiliscos de todos los tipos y tamaños, algunos el doble de grande que leones. Y hay toda clase de simios[9], aunque se dice que en los bosques al sur de Yeen hay monos al lado de los cuales los gigante parecen enanos, capaces de aplastar a un elefante de un solo golpe.

Y más al sur, en las regiones conocidos como el Infierno Verde, se dice que moran bestias aún más aterradoras. Si se da crédito a las crónicas, hay cavernas llenas de murciélagos albinos que pueden dejar a un hombre sin sangre. La selva cobija lagartos tatuados[10], que dan caza a sus presas y las despedazan con sus largas garras y corvas en las patas traseras. También se encuentran serpientes de más de setenta pies de largo y arañas que tejen redes entre árboles descomunales. Pero las bestias más espantosas son los guivernos, de alas grandes y coriáceas y apetito insaciable. Parientes lejanos de los dragones, no lanzan fuego pero les superan en ferocidad. Hay distintos tipos de guivernos: los pintos, con escamas de color jade y blanco; los de los pantanos, de gran tamaño, aunque perezosos, pues nunca se alejan mucho de sus guaridas; los panzaparda, del tamaño de monos, aún más peligrosos que sus parientes mayores, pues estos cazan en manadas de cien ejemplares o más; o los temidos alasombra, que cazan de noche y tienen alas negras que los hacen casi invisibles hasta que se abalanzan sobre sus presas.[11]

Referencias

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Regiones del Mundo Conocido

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